Humanizándonos y humanizando el ministerio,
pues los malos tienen apariencia de piedad.
A través de mis viajes he tenido la oportunidad de confirmar, observando y charlando con pastores y amigos, que la iglesia necesita humanizarse, que es necesario poner los pies sobre la tierra y "encarnarnos" en los zapatos de los demás. Me encantó lo que me dijo un amigo, pastor de una iglesia en crecimiento y con un ministerio de discipulado muy fructífero en San Salvador, "estamos cambiando el discipulado para hacerlo más humano"; y otro hno., muy respetado pastor de una iglesia misionera y con un ministerio reconocido internacionalmente me dijo, "necesitamos humanizar el ministerio de nuestra iglesia". Ambos comentarios me fueron dados por separado, en ocasiones diferentes y en contextos distintos.
La búsqueda del éxito ministerial nos está pasando la factura a todos, especialmente a pastores, misioneros y a toda la iglesia. Hemos buscado el éxito a través de programas y métodos bautizados como bíblicos, con la buena excusa del crecimiento (evangelismo y discipulado), así como del llamamiento y visión mundial (misiones y congresos); todo a costa de la gente que nos sigue, que nos tiene confianza, a quienes nos debemos y servimos. Nos hemos metido en un lío del cual quién sabe si podremos salir sin pagar un alto costo, pues mucho de todo esto tiene grandes implicaciones económicas, ministeriales y morales.
Muchos de los modelos que adoptamos en la iglesia resultan exclusivistas y excluyentes: El discipulado instantáneo y sistemático es solamente para gente inteligente, el evangelismo solo para los que tienen tiempo, para quienes les gustan los aeróbicos y las ventas ambulantes, para gente que le gusta la calle. La iglesia para los que no les gusta la familia, ni pasar tiempo con la esposa o los hijos, o para quienes no les gusta tomarse un tiempo para reflexionar o meditar. En muchas iglesias solo se ha fomentado la dependencia de la gente, esclavizándola en lugar de hacerla libre, pues no queriendo conocer "La Verdad" han venido a ser esclavos de opiniones y ambiciones egoístas de unos cuantos, satisfaciendo y alimentando la vanidad de algunos de sus pastores y líderes.
Necesitamos humanizarnos, no basta con enfatizar el espíritu, también somos alma y cuerpo; pero alguno dirá que ya estamos suficientemente humanizados, sometidos a las pasiones de la carne y que no necesitamos ser mas humanos de lo que ya somos por naturaleza. Es precisamente a lo que me refiero, hablamos mucho del pecado pero proyectándolo hacia otros y no hacia nosotros; somos humanos todos y como tales debemos ser más misericordiosos con los demás. Cuando Pablo se dirige a los pastores en sus Epístolas Pastorales les dice, "Gracia, misericordia y paz"; en el idioma rumano la palabra para misericordia es "indurare" (Del Latín "Indurare" y del Francés "endurer"), el diccionario rumano da el significado siguiente: "El poder de ser paciente". Dicha palabra siempre va antecedida de la "gracia" cuando aparecen juntas en la Biblia, pues necesitamos gracia y poder para ser pacientes con nosotros mismos y con los demás.
Pablo les dice a los corintios: "Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos."(RV60), este es un llamado para todos: miembros, pastores, diáconos y líderes; que la iglesia sea un lugar donde somos llamados a soportar a los débiles y no a condenarlos, a amar cuando no somos amados; pues solo entonces encontraremos la gracia y misericordia retributiva.
Pero la triste realidad que constatamos en nuestros días, es que los pulpitos y liderazgos son pretendidos por quienes muestran ser más "listos" y no más maduros, por quienes han aprendido a esconder su humanidad y ser más intolerantes y hasta inhumanos en el trato con sus semejantes; gente con mucha capacidad pero con poco carácter.
Somos intolerantes con la gente buena (con un carácter no destructivo ni de sí mismo ni de los demás), quienes siendo fuertes en su carácter no temen mostrarse vulnerables, pero los caracterizamos como débiles. Sin embargo, toleramos a los malos, a gente enferma, a gente ambiciosa y egoísta, gente con apariencia de piedad pero sin verdaderos valores humanos. Hombres malos y enfermos se están abriendo camino hacia el liderazgo en nuestras iglesias, en los campos misioneros y en puestos claves en instituciones cristianas.
He tenido la desdicha de conocer de cerca a más de alguno, hombre y mujer, u hombre con su mujer, que para llegar a donde ha llegado y a donde quiere llegar lo ha hecho denigrando a sus colegas y superiores; destruyendo a otros, bloqueándoles el paso y hasta poniéndose él como víctima de ataques fingidos y a su familia manipulándola para ponerla al frente como victima de aquellos a quienes quiere superar. Solo me recuerda de las técnicas de guerra urbana de la guerrilla, poniendo niños o mujeres como escudo para cubrirse de los ataques del enemigo. Usted también conocerá a algunos que se parezcan. "Por esta causa, si voy allá, haré recordar las obras que hace y cómo nos denigra con palabras maliciosas" (3 Juan 1:10).
Traigo esto a mención, no para resaltar la crueldad de estos "hnos. malos", sino la incapacidad de discernimiento de aquellos que les abren el camino a tal clase de personas ofreciéndoles lo que tanto ambicionan, sin poder discernir la verdadera espiritualidad y piedad, de la maldad; ya sea contando con las evidencias, o por ignorarlas o por ser indiferentes. ¿Por qué? Porque todos veremos algo de nosotros mismos en esta gente, y algunos temen descalificarse ellos también, sintiéndose chantajeados por su conciencia; Si tan solo fuéramos más humanos con nosotros mismos, no consentiríamos a los malos, ni condenaríamos a los buenos. Ya ha sucedido y puede suceder que si alguien como usted deja al descubierto a los malos, aun nosotros como líderes lo acusemos a usted por hacerlo, lo acusaremos de ser muy duro, de no tener paciencia, de ser busca pleito e intolerante con ese hermano, de no perdonarlo; pero si lo hace con uno bueno dejando en paz a los malos, le aseguro que no tendría problemas. ¡Cuidado! No toque la maldad en alguien con autoridad, no porque no sea correcto o justo, sino porque es peligroso, ellos no tendrán escrúpulos en denigrarlo y destruirlo; algo que usted por su carácter, por su humanidad y misericordia, no haría; solo evítelos.
Sí, hay gente mala en medio de nosotros, gente inhumana, sin la más mínima expresión de "afecto natural", es una manifestación indubitable de que vivimos en "los postreros tiempos":
"1 También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.
2 Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,
3 sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
4 traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios,
5 que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita." (2Tim 3:1-5; RV60)
Hay mucha gente buena a nuestro alrededor, pero en los círculos de liderazgo cada vez contamos con menos gente buena; es que por principio el poder corrompe, y los malos buscan ansiosamente la autoridad, el poder. Es que hay una maldad muy destructiva, aquella con apariencia de piedad y que muy pocos las disciernen, pues nadie espera que se encuentre en corazones cristianos y en gente llamada a servir. Dicha maldad con camuflaje de profunda piedad tiene su atractivo y engaña a quienes de hecho no tienen y desean tener lo que esa gente parece tener; dicha maldad confunde a quienes fácilmente se dejan impresionar por las formas de piedad, por la religiosidad, a quienes oyen las palabras pero no ven las intenciones del corazón; los confunde los gestos y expresiones de "amor", las apariencias. Dichos individuos son como el rey Saúl: "Cuando Saúl empezó a ejercer el reinado sobre Israel, hizo la guerra contra todos sus enemigos de alrededor: contra Moab, contra los hijos de Amón, contra Edom, contra los reyes de Soba y contra los filisteos. A dondequiera que se dirigía era vencedor" (1 Samuel 14:47); Estarán siempre en guerra contra todos sus enemigos, no perdonan; están llenos de resentimiento oculto y por ello son capaces de amar a unos (amigos) y ser destructivos con otros (enemigos), paradójico pero muy cierto. Tienen una profunda inseguridad interior, lo que los hace aferrarse al poder, a los títulos, a la posición; su motivación es el éxito, su imagen de "vencedores", todo lo que hacen sobrepasa a los demás. Esta gente mala acusará y denigrará, hablará mal de quienes han llegado a conocer su corazón y pueden descubrirles; se encuentran entre el pueblo también, pero siempre quieren llegar muy alto.
Como líderes y pastores tenemos la responsabilidad de discernir y evitar a esta clase de gente, evitar aun que lleguen alto en las estructuras de nuestras instituciones cristianas; quizá nosotros mismos necesitamos cambiar y ser más humanos, menos "piadosos", más sinceros, más sanos interiormente; abandonando esa falsa piedad para poder discernirla en otros. Es la responsabilidad también de todo aquel que está cansado de seguir siendo solamente "pozo de agua" donde satisfagan otros temporalmente su sed de "imagen" y su vacio de espiritualidad.
Si nos mostráramos más humanos, más vulnerables y más comprensibles con nuestros semejantes, seguramente encontraríamos "gracia y misericordia" de la que realmente tenemos necesidad; Yo lo reconozco…necesito mucha "gracia y misericordia".
Pero "gracia y misericordia" encontraremos solamente si nos "humanizamos", por no decir más "cristianizarnos", pues cristianos nos llamamos todos… ¡Lo cierto es que a los malos evitémoslos!
Darío González